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domingo, 2 de enero de 2011

Molly M.

Para demostrarse que todo seguía en orden, Molly lo tocó y se dispuso a parar el mundo. Dejó la mente en blanco y, tras contemplar el jardín, fijó una hipnótica mirada en un conejo que comía hierba bajo un cedro. Mientras se concentraba, se le extendió por las venas aquella sensación de frío y hormigueo que siempre la acompañaba en ocasiones semejantes. Su mente no tardó en entrar en efervescencia. Y luego, sucedió.
El conejo se quedó detenido en mitad de un brinco: el mundo se congeló. Los pájaros que echaban a volar desde el cedro estaban suspendidos en el aire. Las lejanas siluetas de las llamas parecían tan petrificadas como los setos con formas de animales que estaban al lado. Todo estaba inmóvil, como en una fotografía. Pero no solo en Briersville.
En Nueva York, en donde pasaban treinta minutos de la medianoche, el tráfico nocturno se quedó en silencio. Nada se movía a lo largo de las lustrosas calles. Los noctámbulos que salían de los suntuosos clubes y restaurantes se quedaron rígidos de repente, e interrumpidos quedaron sus pasos. En el interior de los altísimos rascacielos, los 
ronquidos y los sueños de los durmientes hicieron un alto repentino, reemplazados por la quietud y el silencio. 
En Tokio, Japón, en donde los relojes marcaban las dos y media del mediodía, los palillos dejaron el sushi frente a las bocas abiertas. En Sídney, Australia, bien entrada la tarde, los surfistas se detuvieron sobre olas estáticas. En todo el planeta, las gotas de lluvia frenaron en seco. Las cascadas se congelaron, y los huracanes y vientos cesaron. Y en medio de todo aquello estaba Molly, quien, con el cristal claro en la mano, había hecho que el mundo se parara con la sola fuerza de voluntad. La sensación de poder que esto le daba le resultaba abrumadora, Desvió su concentración, y, al punto, el conejo se alejó por la hierba dando brincos. Molly sonrió. 

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